
Dirigir una obra de teatro es proponer una visión perturbadora, abrir apenas una cortina para que el actor y el espectador se metan, a flor de piel, en un mundo desquiciado, intenso, desolador.
Dirigir a los intérpretes es siempre una búsqueda de motivos, de resortes; es también un proceso creativo, de comunicación, de sensorialidad, de acoso y derribo... de preguntas y, no siempre, respuestas... de dejar aire... libertad... pero también de manejar a un equipo y saber ilusionarlo.
Dirigir al público también forma parte de mi trabajo, porque es ése “otro” que muchas veces se olvida en el proceso teatral, pero que forma parte indivisible del diálogo teatral... la visión externa... la visión cuestionadora... crítica... formadora y deformadora de lo real.
Hago teatro porque amo/odio al “otro”, porque me preocupa lo que el ser humano se está haciendo a sí mismo en esta época, en todas las épocas.
Porque considero que cada vez más fuerte siento a mi alrededor una gran conciencia culpable y me cuestiono mi rol en el mundo.
Porque la tensión crece.
Porque las diferencias aumentan exponencialmente.
Porque la intolerancia se está volviendo cotidiana, usual, "normal".
Pero, sobretodo...
Porque hay demasiadas preguntas.
Y cada vez menos respuestas.
Escrito | Daniel González Gómez-Acebo